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viernes, 20 de febrero de 2009

Así murió un sueño



El pasado domingo 15 de febrero visité la exposición de la sala Conde Duque de Madrid titulada “La Facultad de Filosofía y Letras de Madrid en la Segunda República. Arquitectura y Universidad durante los años 30”. Se trataba de un interesante recorrido por los orígenes de la Ciudad Universitaria, proyectada en la primera etapa republicana, hasta el estallido de la Guerra Civil, que puso fin a un período de esplendor cultural e intelectual sembrando la desolación y la miseria más absolutas.

La Facultad de Filosofía y Letras fue diseñada gracias al trabajo del arquitecto Agustín Aguirre y del ingeniero Eduardo Torroja. Ambos trataron de crear un edificio moderno, con amplios espacios, grandes ventanales y vistas a la sierra; meticulosamente pensado para el uso docente y la investigación. Fue inaugurada el 15 de enero de 1933 por el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, y dirigida por el decano Manuel García Morente, que tenía la idea de crear una de las mejores facultades del mundo. Y de hecho, lo consiguió. El nivel de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid era notablemente alto, algo a lo que contribuía, sin duda, la presencia de eminentes intelectuales de la Edad de Plata entre el profesorado. La Facultad se dividía en cuatro secciones: Filosofía, Letras, Historia y Pedagogía. Entre los profesores que allí impartieron clase se encuentran José Ortega y Gasset, Xavier Zubiri, María Zambrano, Julián Besteiro, Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Claudio Sánchez-Albornoz, Manuel Gómez-Moreno, Agustín Millares Carlo, María de Maeztu y tantos otros.

Las reformas de García Morente incluían cambios innovadores como la supresión de los exámenes por asignaturas, el establecimiento de la Licenciatura en Filología Francesa, la implicación de los estudiantes en la vida académica o responsabilizarlos del cuidado del edificio y su mobiliario.

En solo unos años, la Facultad logró un 40% de mujeres sobre el total de alumnos matriculados, una de las bibliotecas más importantes de España e iniciativas tales como intercambios de alumnos con el extranjero o un crucero por el Mediterráneo.

A todo este esplendor se puso fin en julio de 1936, cuando el ejército franquista intentó entrar en Madrid desde Ciudad Universitaria, apropiándose de la facultad de Arquitectura. Los republicanos, por su parte, se instalaron en la de Filosofía y Letras. En la exposición pudieron verse numerosos libros atravesados por balas, que los combatientes usaron como parapetos. Gran parte del edificio fue dañado, al igual que el resto del complejo universitario. Al finalizar la guerra, los avances que se habían conseguido en el terreno educativo se frenaron en seco, y hubo un retroceso cultural e intelectual. Muchos de los profesores partieron al exilio, y las mujeres que no habían logrado terminar su carrera tuvieron que hacerlo en el extranjero. Así murió un sueño.


En la exposición se pudieron contemplar numerosas curiosidades, como la reproducción de las aulas de la época, la voz de algunos de los profesores, una sección entera para Ortega y Gasset o la primera edición de “La voz a ti debida”, de Pedro Salinas. Junto al ejemplar, los apuntes de sus clases y una fotografía en la que aparece con un grupo de alumnas extranjeras, una de ellas la norteamericana Katherine Whitmore, con la que mantuvo un romance y que le inspiró para escribir su famosa trilogía amorosa.




En la construcción de la Universidad, hay que partir del estudiante, no del saber ni del profesor. La Universidad tiene que ser la proyección institucional del estudiante. (José Ortega y Gasset)

Hay que salir a alta mar y con la colaboración de todos crear una Facultad de Filosofía y Letras que pueda parangonarse con las más ilustres y respetadas del mundo. Tengo el convencimiento pleno de que así ha de ser. (Manuel García Morente)

lunes, 17 de noviembre de 2008

Ironías


Estos últimos meses, las polémicas sobre Federico García Lorca se suceden. En primer lugar, la exhumación del barranco de Alfacar donde supuestamente descansan sus restos –fijada por el juez Garzón para los días entre el 15 y el 18 de noviembre- ha sido paralizada. La familia del poeta no está dispuesta a dar su brazo a torcer tan fácilmente, y los familiares de Dióscoro Galindo y Francisco Galadí –el maestro y el banderillero que fueron fusilados junto a Federico- tendrán que seguir reuniendo paciencia antes de recuperar los restos de sus seres queridos. Los descendientes de García Lorca solo han conseguido aplazar algo que se tendrá que llevar a cabo indefectiblemente, tarde o temprano. ¿Por qué retrasar lo inevitable? Los familiares del maestro y del banderillero ya han esperado suficiente.


Por otra parte, en las últimas semanas se ha venido desarrollando un llamativo caso de ignorancia mezclada con cinismo. Ha ocurrido en la Universidad de Granada, donde el poeta Luis García Montero (fotografía adjunta) imparte una asignatura sobre García Lorca. Otro profesor de la misma universidad, José Antonio Fortes, se dedicaba a predicar en sus clases barbaridades tan inmensas como que García Lorca era fascista y Francisco Ayala un aliado del fascismo. También criticaba a García Montero. Este procedió a publicar en El País un artículo que señalaba la tremenda falsedad de las afirmaciones de Fortes, al que calificó de profesor perturbado; lo cual le sirvió para que el aludido le denunciara por injurias graves. García Montero ha sido condenado a una multa por defender la dignidad de dos grandes escritores, y la suya propia.

Después de oír todo esto, nos asalta una duda principal: ¿cómo es posible que alguien pueda llegar a ser tan ignorante para hacer tales declaraciones sobre Lorca o Ayala? No se puede poseer unos mínimos conceptos históricos y afirmar que un poeta asesinado por el franquismo era fascista. Es más, resulta un insulto a la memoria de Federico. Él, que se declaraba del partido de los pobres, que celebró la llegada de la República, que defendió los intereses de los más necesitados, que describió las tragedias de las clases populares de Andalucía en su “Romancero gitano”. Cierto es que Federico procedía de una de las familias más ricas de Fuentevaqueros, su pueblo natal; y que lo más sencillo para él hubiera sido tener ideología de derechas. Pero su sensibilidad era más fuerte, y desde su juventud siempre se puso de parte de los pobres. Federico eligió el camino difícil, el camino que le llevó a una muerte estremecedora. Un tiempo antes de su fusilamiento, declaró que En Granada se encontraba la peor burguesía de España. Una declaración que los falangistas usaron como principal excusa para su asesinato, junto con su firma en diversos manifiestos comunistas. El 18 de agosto de 1936 Federico García Lorca fue asesinado por la Falange de Granada, después de sufrir en la cárcel diversas torturas. De nada sirvió la petición de clemencia de su amigo, el también poeta Luis Rosales, miembro de la Falange. El general franquista Queipo de Llanos respondió con la célebre y escalofriante frase Dadle café, mucho café, que sentenció al poeta. Y más tremenda resulta aún la declaración de uno de los asesinos de Lorca, que el mismo día de fusilarlo afirmó: Le he metido dos tiros en el culo por maricón. Se nos hiela la sangre al pensar en todo lo que Lorca debió sufrir por defender su ideología, por su forma de pensar; y no podemos evitar indignarnos ante los comentarios de cualquier ignorante que no conoce ni la historia de su propio país.

Y qué decir de Francisco Ayala, exiliado desde el triunfo del franquismo hasta 1960. Cualquier comentario sobra. Visto así, las palabras de este tal Fortes resultan una triste ironía que atenta no solo contra la memoria de dos grandes escritores, sino contra la dignidad de todo un pueblo que sufrió la represión franquista. Qué daño pueden hacer a veces este tipo de ironías. García Montero se merece todo mi apoyo.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Solos frente al abismo


A unas semanas del inevitable fin del paradisíaco verano, la realidad nos golpea con crudeza los sentidos. Los agobios, las prisas, las indecisiones y las melancolías revestidas de dorados otoñales se suceden sin concedernos una posible tregua. Los niños y adolescentes regresan a la monótona tristeza del colegio o del instituto, levemente sosegada por la momentánea felicidad que supone el reencuentro con los compañeros –aunque esto no podemos aplicarlo en todos los casos-.

Sin embargo, los universitarios se enfrentan a un mayor trago: las prematrículas, las optativas, las asignaturas de libre elección. Todo irrumpe repentinamente, ejerciendo un factor sorpresa para la mayoría. Poniendo el ejemplo de la Universidad Carlos III de Madrid, concretamente en lo que afecta a los alumnos que comenzarán el 2º curso de Periodismo, resulta altamente reprobable el hecho de que no haya existido una información previa durante el curso anterior, o al menos durante los últimos meses. La información se propaga mediante el clásico boca a boca: alguien se entera de que, además de las 24 horas semanales de asignaturas comunes, es obligatorio reunir 18 créditos de asignaturas de libre elección, lo que corresponde a tres asignaturas repartidas durante dos cuatrimestres. Por tanto, nos encontramos con 32 horas de asistencia a clase semanales, llegando algunos días a encontrarnos con 11 horas seguidas y entre ellas, solo una de descanso para la comida. Ciertamente, resulta casi inhumano que de las 24 horas que tiene un día haya que pasar la mitad de ellas en la universidad, como si el trabajo del estudiante no fuera más duro que otro cualquiera.

Pero dejando aparte consideraciones de esta índole, lo que me gustaría señalar es la total desorientación a la que se han de enfrentar tantos y tantos estudiantes a los que les asaltan serias dudas sobre el modo de realizar las prematrículas en las asignaturas de libre elección, la forma en que han de repartir los créditos a lo largo de la carrera, el número máximo de plazas en una asignatura… Sobreviene inevitablemente el agobio, y se suceden las visitas a la secretaría de alumnos de la Facultad de Ciencias de la Información de la Carlos III (fotografía de arriba), pero… ¡sorpresa! Hasta el 15 de septiembre, la secretaría solo abre por la mañana. Y las plazas en las asignaturas son limitadas. Aun así, por la mañana se encargan de atender las vitales dudas unos becarios que cada dos por tres tienen que disculparse para pedir ayuda a otros cargos superiores; unos becarios que destilan desconocimiento por cada poro de su piel. Y la inseguridad de los estudiantes se acrecienta: no hay nadie que les explique claramente la situación. La respuesta es siempre la misma: recurre a Internet, allí se ofrece toda la información. Pero por desgracia, Internet es un programa informático sin conciencia y sin humanidad, incapacitado para aclarar las serias dudas que corroen los nervios de los universitarios. así pues, quedan tres soluciones: o fiarse del consejo de un compañero de estudios, o tener fe en tu propio instinto o perder los nervios y rendirse, lo cual desgraciadamente ocurre con demasiada frecuencia.

La situación es absolutamente indignante. Por una parte, ni una carta ni un correo electrónico para explicar la necesidad de cursar 18 créditos de asignaturas de libre elección. Por otra, la incapacidad para ayudar a los futuros alumnos a realizar la prematrícula, a lo que hay que añadirle el abandono de esta tarea a Internet, un programa informático deshumanizado. El estudiante se encuentra, pues; solo ante el abismo, sumido en un desamparo del que tendrá que salir por sus propios medios. Y el final del verano resulta aún más asfixiante de lo que esperaba.

Desde aquí, exigimos una mayor atención a los estudiantes en las universidades, más información y más ayuda. Quizá quede resumido todo con una palabra: comprensión.