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jueves, 1 de enero de 2009

Año Nuevo


Año Nuevo, una vez más. Y empieza igual que acabó el anterior. Personalmente, no noto la diferencia.

Me pregunto si realmente cambiar de año significa algo. Pensemos: ¿qué es un año? Un año es simplemente una forma calcular el tiempo transcurrido, un invento para organizar el calendario. La Nochevieja es, pues, una noche como otra cualquiera. ¿Por qué entonces lloramos, reímos, nos ponemos nostálgicos y festejamos más que ningún otro día en todo el año?

No deja de sorprenderme lo frágil que es la sociedad y sus esquemas y tradiciones: con solo un pequeño razonamiento bien dirigido pueden ponerse en cuestión todas sus claves. Por suerte o por desgracia, la fría razón jamás podrá extinguir la llama de las pasiones del ser humano.

Os deseo un feliz año a todos y todas, aunque no sepa muy bien lo que estoy deseando. Os deseo, básicamente, felicidad en vuestras vidas. Respecto al por qué de estas fiestas, no sé. Supongo que cualquier excusa es buena para festejar y olvidar por un momento que el tiempo y la vida siguen su curso inexorablemente.

Sigamos celebrándolo, día a día. Celebremos que seguimos vivos.

Feliz 2009.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

"La Navidad no es una fecha... Es un estado de la mente".



"La Navidad no es una fecha... Es un estado de la mente".

Un año más las calles se llenan de luces de colores, vuelven la lotería y las especialidades Ferrero -¡ah, no! ¡Si llevan a la venta desde el verano!- y gigantescos Papás Noeles “adornan” los balcones y terrazas de las casas en estas señaladas fechas.

Pero ¿qué fechas son estas? Ya, estamos en Navidad, aunque seguro que la Navidad no tiene el mismo significado para todo el mundo: hay quien dice que estas fiestas son puramente religiosas (los más meapilas), y que solo deberían celebrarlas aquellos que van a misa los domingos y siguen la doctrina de la fe cristiana (“Y tú, ¿por qué tienes Reyes? ¡Si no eres creyente!”); otros sostienen que la Navidad es una época para pasarla en familia y solidarizarse por unos días con todos los males e injusticias que asolan a nuestra sociedad (lo llaman espíritu navideño); también hay gente para la cual estas fechas significan juerga permanente, elegantes trajes, adornos desmesurados y el feroz consumismo de las llamadas “compras de Navidad”; y otros simplemente afirman no sentir nada especial por la Navidad. Quienes sostienen esto último mienten, o al menos no son del todo sinceros, pues, en el fondo, estas fechas significan algo para todos, puede ser un sentimiento más o menos intenso, de alegría, de nostalgia, de soledad, de cariño… pero un sentimiento al fin y al cabo.

Para mí, la Navidad es una época especial, y no porque me guste estar con la familia, ya que siempre me agrada disfrutar de su compañía; no porque me acuerde de todos los desamparados de este mundo, pues creo que la solidaridad no está reñida con la época del año en la que uno se encuentra; no por los regalos, por las cenas, por los adornos, no. Y mucho menos por la cristiana hipocresía que a muchos asalta en estas fechas. Nada de eso. Tal vez en un principio esta fiesta tuviera un significado religioso, pero hoy día poca gente reza más a su dios que en otras fechas cualesquiera. Para mí la Navidad es una época en la que te das cuenta de la gente que te quiere, y te sientes afortunado por ello, y disfrutas de la compañía de tus seres queridos, y reflexionas sobre lo que has hecho bien ese año, y sobre lo que tienes que mejorar para el próximo. Y si esto es así para los demás también, ¿por qué no hacer que sea Navidad todo el año? Y no me refiero a engalanar Preciados, Sol y alrededores de luces y guirnaldas, sino al fondo de la cuestión: el espíritu navideño.

Pero la triste verdad es que, aun en Navidad, el mundo es igual que siempre: los ricos siguen siendo ricos, los pobres siguen siendo pobres, las guerras siguen siendo guerras, y los abusos de poder e injusticias sociales siguen siendo… eso, abusos e injusticias. Y todo esto a pesar de ese espíritu navideño que a todos nos invade y que nos hace más buenos, más justos, más cariñosos…

Con el tiempo la Navidad se convertirá en un mero negocio, pero eso sí, muy rentable, y una alegre fecha para las arcas de las grandes empresas y de los grandes almacenes. Y eso es porque en este mundo todo tiene precio… Incluso el espíritu navideño.

Quiero no obstante mandar un saludo y un fuerte abrazo a la gente que no ha perdido el verdadero espíritu navideño, el cual debería vivir en todos nosotros durante todo el año. Y a los demás… pues también. Aunque se hayan vendido a Babylon, ¡qué demonios, es Navidad! A todos unas felices fiestas y un próspero año nuevo, y esperemos que el próximo lo sea realmente para todos los ciudadanos del mundo, algo desgraciadamente utópico, pero por lo que vale la pena luchar.

jueves, 11 de diciembre de 2008

El best-seller mató a la estrella de la Literatura


El pasado viernes 5 de diciembre se estrenó en la cartelera la película “Crepúsculo”, inspirada en la exitosa novela de Stephenie Meyer. Se trata de la primera entrega de una saga compuesta de cuatro libros: "Crepúsculo", "Luna nueva", Eclipse" y "Amanecer"; que ya se ha convertido en un auténtico fenómeno mediático, como ocurrió con la célebre saga de Harry Potter. En cuanto al argumento, se centra en una historia de amor entre Bella Swan, una adolescente independiente y solitaria, y Edward Cullen, un vampiro que se niega a alimentarse de sangre humana; todo desarrollado en un ambiente de instituto al más puro estilo norteamericano, intercalando también una trama propia de literatura fantástica.

Los que hayan tenido ocasión de asistir al cine el día del estreno se habrán encontrado con un espectáculo que casi supera al de la propia película: decenas de fervorosos fans que aprovechaban la mínima ocasión para chillar, aplaudir y demostrar su pasión por los personajes, sin el más mínimo respeto por los espectadores que intentábamos ver la proyección. Realmente, las novelas de Meyer parecían ideales para ser llevadas a la gran pantalla, pues a menudo recuerdan más al típico guión de teleserie americana que al concepto clásico de literatura.

Sin embargo, ese concepto cada día se encuentra más difuso, encontrándonos como nos encontramos en la era del best-seller. ¿Realmente se puede considerar literatura a los miles de libros escritos con el simple fin comercial, que desde su nacimiento ya van dirigidos a un público masivo?

Actualmente nos encontramos con tres grandes tendencias dentro del best-seller. La más exitosa es, sin duda alguna, la de literatura fantástica, en la que se podría incluir la saga de "Crepúsculo", "Harry Potter" y los cientos de herederos de JRR Tolkien: la trilogía de "Eragon", "Las Crónicas de Narnia", "Memorias de Idhún" e incluso la interminable saga de "Dragonlance". Esta tendencia comenzó a popularizarse cuando El Señor de los Anillos fue llevado a la gran pantalla, comenzando así una auténtica subcultura en torno al fantástico mundo de Tolkien. Principalmente, estas sagas van dirigidas a un público adolescente o juvenil, pero cada vez son más los adultos que disfrutan intensamente de ellas.

Otra gran tendencia, increíblemente arrasadora en su día y que actualmente se haya en declive, es la novela histórica-arqueológica. Los argumentos son similares: un descubrimiento que puede cambiar el rumbo de la Historia, generalmente relacionado con la religión católica, que prueba la falsedad de alguno de sus mitos más tradicionales; siendo una obra artística célebre la que pone en pista a los investigadores. Sectas antiguas, documentos secretos, iglesias famosas… Lo que comenzó con "El código Da Vinci", de Dan Brown, se acabó convirtiendo en un fenómeno social con tramas en muchos casos carentes de originalidad, y títulos tales como "El último catón", "El Club Dante", "La hermandad de la Sábana Santa", "La Biblia de Barro", "El último merovingio", "Ángeles y demonios"…

Hay un tercer tema recurrente en lo que se refiere a best-sellers, que está empezando a alcanzar su auge desde hace algunos meses. Esta última tendencia se encuentra más camuflada, más alejada de nuestra posible visión del best-seller. Tiene un componente más sensible, más romántico. El argumento gira en torno a un escritor fracasado y anónimo, o en su defecto a una obra inédita de un autor que revela su historia secreta, generalmente dramática y sorprendente. Siempre es otra persona la que va siguiendo los pasos del escritor, y a menudo las experiencias vitales de este se repiten en la vida del protagonista. Me atrevería a afirmar que fue "La sombra del viento" (Carlos Ruiz Zafón) la que abrió las puertas a estos temas, siendo seguida por "La ladrona de libros", "El cuento número trece", "El juego del ángel" (la pésima segunda parte de La sombra del viento), "El ladrón de arte"… y tantos y tantos otros, con títulos semejantes.


Se abren foros de fans de una novela, se fabrica todo tipo de productos basados en ella, la gente se disfraza de los personajes para ir al estreno de las películas, de repente todo el mundo se interesa por la Gioconda, o por la Divina Comedia, y ya hay tema de conversación para unos cuantos meses. En este panorama, quien se atreva a leer algo que no esté de moda es tachado de bicho raro o intelectual sin remedio.

No soy quién para criticar a la gente que lee best-sellers o se considera fan de alguna saga; yo misma me he leído la mayoría de los libros mencionados y me declaro Pottermaníaca al 100% (al menos, hasta que se publicó el último y frustrante libro), y sitúo "La sombra del viento" como una de mis novelas favoritas. Pero no me limito a estas lecturas, sino que abro horizontes más allá. Simplemente me entristece que grandes títulos y grandes autores sean hoy rechazados por la juventud. ¿Qué pasa con los maestros: García Lorca, Luis Cernuda, Alberti, Caballero Bonald, Unamuno, Oscar Wilde, Agatha Christie, Raymond Chandler, Patricia Highsmith, Dostoyevski, Galdós…? ¿Y qué hay de los nuevos autores que buscan encontrar un sitio en el mundo literario pero no persiguen la fórmula de fabricar libros al peso? Todos eclipsados por el best-seller.

No podemos dejarnos llevar ciegamente por las modas y olvidar el verdadero significado de la Literatura, que se remonta a siglos atrás. No podemos llamarnos a nosotros mismos lectores sin haber experimentado a los grandes, sin tener al menos una opinión –positiva o negativa- sobre su modo de escribir. Las modas pasan, y el negocio de los libros continúa su avance inexorable. Pero los grandes, los verdaderos escritores, han logrado ocupar un hueco en la Historia. Qué menos que un simple reconocimiento a su trabajo. Cuesta lo que cuesta abrir un libro.

jueves, 28 de agosto de 2008

Los putrefactos



“El putrefacto, como no es difícil deducir de su nombre, resumía todo lo caduco, todo lo muerto y anacrónico que representan muchos seres y cosas.

Dalí cazaba putrefactos al vuelo, dibujándolos de diferentes maneras. Los había con bufandas, llenos de toses, solitarios en los bancos de los paseos. Los había con bastón, elegantes, flor en el ojal, acompañados por la bestieHabía el putrefacto académico y el que sin serlo lo era también. Los había de todos los géneros: masculinos, femeninos, neutros y epicenos. Y de todas las edades […]”

Rafael Alberti, La arboleda perdida.


¿Qué mejor que escribir un artículo sobre la sociedad misma para inaugurar una serie de textos sobre ella? He aquí una preciosa redacción sobre lo bella que es la vida, la grandeza de la amistad, la paz, el amor y otros inventos hippies. Para quien no haya detectado aún el sarcasmo, me comprometo a intentar dar al texto el tono más realista (que no pesimista) que me sea posible.
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Cuando se es pequeño, todo es en blanco y negro: solo hay malos y buenos, amigos y enemigos, verdades o mentiras. Después, aparece toda la gama de colores: la indiferencia, la hipocresía, las verdades a medias y todo tipo de prejuicios que nos producen a todos la desagradable sensación de estar viviendo una vida de papel, o peor, una gran mentira. Lo que muchos no descubren nunca es que ellos también se han dejado corromper y son, como dijeron los caballeros del 27, putrefactos.


Toda persona que se haya parado a pensar alguna vez en la sociedad (enhorabuena si lo habéis hecho) se habrá dado cuenta de que se puede distinguir entre dos tipos de sociedades, aunque íntimamente relacionadas: el ámbito global, es decir, el Estado, la Iglesia, la guerra y el poderoso caballero; y el ámbito cotidiano, la gente de nuestro alrededor. En ambos casos dominan los putrefactos.


El ámbito global, que curiosamente el más simple, es el que condiciona nuestras necesidades básicas como personas. Podríamos decir que es aquel del que dependen nuestras vidas. Y nuestras vidas dependen del dinero, el poder y la religión, manifestados en unos cuantos seres despreciables e ignorantes que buscan satisfacer su avaricia dando la espalda a las más de seis mil millones de vidas de las que son responsables. No creen en la libertad, ni en la paz, ni en la verdad, ni en el respeto; solo creen en ellos y en sus bolsillos, y si para llenarlos tienen que masacrar un país, matar a millones de inocentes y destruir toda la cultura, el desarrollo y, en definitiva, la vida de dicho lugar, no muestran ningún reparo en hacerlo, como ya se ha demostrado tantas veces a lo largo de la historia. Y en cuanto al objetivo del milenio, erradicar la pobreza en el mundo… todavía nos quedan 992 años, hay tiempo para seguir sembrando muerte y odio.


El otro ámbito, el cotidiano, admite un estudio mucho más profundo. No deja de ser curioso que haya tanta gente en el mundo que piense de forma distinta y que todos tengamos un comportamiento tan similar. La sociedad de a pie se rige por el egoísmo y la hipocresía, la ignorancia, la mentira y el rechazo a los que son diferentes. La amistad y el amor no son más que cuentos de hadas; lo peor es que la niebla de las apariencias es tan densa que no nos deja ver la realidad. Y si las apariencias nos agradan, ¿qué necesidad hay de ver más allá? Pues si alguna vez habéis visto lo que hay detrás de la niebla, os habréis dado cuenta de que la gente de hoy no piensa por sí misma, sino que es la ignorancia que domina la sociedad la que impulsa todos sus actos. ¿Amistad? ¿Amor? En esta vida nada es gratis, tampoco el cariño. No hay mucha gente capaz de querer a alguien desinteresadamente, y si son capaces de hacerlo lo van a pasar mal, a no ser que se dejen corromper. Pocos son los que en algún momento de su vida se plantean cómo te sientes siendo víctima de su engaño, de su indiferencia…


¿Es que ya no queda nadie noble en el mundo? ¿Es que ya nadie está preparado para ser un amigo de verdad? ¿Es que ya nadie piensa en nadie aparte de en sí mismo? Por desgracia, si queda alguien noble, desinteresado y sensible en el mundo, va a sufrir mucho en la vida. Puede que no os salga rentable ser personas auténticas y pensar aunque solo sea una vez en vuestras miserables vidas que no sois los únicos en el mundo, que hay gente que ríe y llora por vosotros, pero debéis luchar, pues sois la última esperanza en este mundo decadente y deshumanizado. Aunque si os viene grande la empresa, ellos os acogerán con los brazos abiertos.
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Dibujo de Pepín Bello*
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Autor: Juan

martes, 26 de agosto de 2008

Incongruencias del siglo XXI


El nuevo milenio ha traído consigo una masiva revolución tecnológica y científica, además de una creciente deshumanización e informatización. Los libros han quedado eclipsados por el resplandor veleidoso de Internet, el romanticismo de las cartas se ha visto sustituido por la inmediatez del correo electrónico, la televisión ha pasado a ocupar un lugar central en el seno familiar. ¿Nostalgia? No siempre. Han sido descubiertos numerosos remedios contra enfermedades antiguamente mortales, avances científicos en clonación de células, establecimiento de leyes sociales más justas –aunque por desgracia los países tercermundistas no han avanzado en este sentido-.

En definitiva, un nuevo siglo que ha puesto patas arriba la clásica concepción del mundo que aún se conservaba en el cercano y a la vez distante s. XX. Por eso hoy nos asombra e indigna comprobar que existan leyes tan caducas como la que rige en la Catedral de Barcelona; donde se niega la entrada simplemente por llevar pantalones cortos. Esta catedral es solo un ejemplo, porque en numerosas iglesias no solo de España, sino de todo el mundo; los turistas podrán tener esta impresión de permanecer aún en la Edad Media.

La Iglesia católica ha ejercido a lo largo de la Historia una excesiva influencia, una influencia que ha tratado de paralizar el mundo esgrimiendo la mentira como arma y sembrando la ignorancia y la muerte entre los habitantes de nuestro planeta. Ha predicado el sometimiento, el sufrimiento, la represión; y ha impedido que los descubrimientos científicos pudieran salir a la luz en su momento. Al echar la vista atrás nos percatamos de la terrible verdad: la influencia de la Iglesia ha movido el mundo durante muchos siglos.

Pero resulta más aterrador comprobar que hoy en día, en plena era de la información, inmersos en lo que se ha denominado aldea global; la influencia de la Iglesia pueda seguir resultando tan avasalladora y terrible. Ocultas bajo su disfraz contemporáneo, las mismas voces de siempre mueven los hilos en la sombra. ¿Quién es el Papa para intervenir en leyes sociales como el matrimonio homosexual o en avances de la genética? ¿Cuál es su verdadero rol en nuestra sociedad? La reflexión resulta estremecedora, y más aún para los que no nos consideramos católicos.

El patrimonio artístico no debería pertenecer a la Iglesia, sino al pueblo en su conjunto; y no ser regido por caducas leyes católicas. La Iglesia habría de limitarse a un ámbito privado, sin tratar de paralizar –como ha venido haciendo hasta ahora- la evolución de un mundo que comienza a alcanzar un ritmo frenético. Por desgracia, el Estado sigue proporcionando ingresos a la Iglesia, y existen demasiados intereses en juego. Quizá si nuestras voces se alzaran todos llegaríamos a comprender que para conocer el fundamentalismo no hace falta irse a los países islámicos, porque nuestra vieja Europa no ha logrado libertarse aún del yugo de la religión.