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jueves, 26 de noviembre de 2009

Con la Iglesia hemos topado


De nuevo, se repite el mismo esquema al que ya estamos acostumbrados en España cada vez que se aprueba una ley que apueste por la modernidad, por el progreso y por la construcción de una sociedad más abierta y libre. Porque progreso e Iglesia parecen dos conceptos incompatibles, tal como la actualidad se esfuerza en demostrarnos. La reforma de la ley del aborto, los matrimonios homosexuales; son algunos ejemplos de la intromisión de las instituciones eclesiásticas en asuntos ajenos a ellas. En este caso, la polémica pasa al terreno educativo, un tema especialmente molesto para la Iglesia, que tradicionalmente ha considerado ese ámbito de su propiedad. Y la nueva asignatura de Educación para la ciudadanía supone para ella un auténtico asalto a su orgullo.

Últimamente, el Tribunal Supremo ha dictado una sentencia que no permite ejercer la objeción de conciencia para la asignatura, unificando las distintas decisiones de los tribunales superiores de determinadas comunidades autónomas en las cuales una serie de personas así lo había exigido. Estas personas no pedían que se eliminara la asignatura, sino concretamente que sus hijos no se vieran obligados a cursarla, por considerar que podía dañar gravemente su conciencia. Si atendemos a los temas que recoge la materia, no podemos evitar preguntarnos qué puede haberles llevado a tacharla de aberrante y de ataque directo a sus principios morales. Educación para la ciudadanía está formada por tres bloques para la Educación Primaria –Individuos y relaciones interpersonales y sociales, La vida en comunidad y Vivir en sociedad- y cinco para Educación Secundaria –Aproximación respetuosa a la diversidad, Relaciones interpersonales y participación, Deberes y derechos ciudadanos, Las sociedades democráticas del s.XXI y Ciudadanía en un mundo global. Tal como vemos, se trata de temas orientados a que los alumnos conozcan mejor su propia sociedad y profundicen en la concepción de democracia que en ella se desarrolla. Aparentemente, ningún ataque directo a la conciencia. Sin embargo, si entramos más a fondo en la materia descubrimos algunos puntos que contradicen a la moral católica más conservadora, como la definición que se da del concepto de familia, que no se refiere solo al concepto tradicional -padre, madre e hijos-, sino que también acoge a las parejas homosexuales, con hijos adoptados…

Pero… ¿quién está detrás de todo esto? No cabe duda de que las autoridades eclesiásticas tratan en todo momento de echar más leña al fuego, como se suele decir, con un duro discurso en el que acusan al gobierno de Zapatero de ejercer un totalitarismo por medio de la asignatura, y consideran “héroes” a los profesores que pueden seguir enseñando Religión católica en los centros educativos; como si Educación para la ciudadanía fuera una especie de cruzada contra el catolicismo.

Lo primero que debería plantearse la gente es que la nueva asignatura es paralela a la de Religión: no va en contra ni a favor. En ella se enseñan ciertos conceptos que contradicen la moral católica, ciertamente; pero esto no resulta algo novedoso. Si siguiéramos la línea argumental de los padres que se oponen a Educación para la ciudadanía, también tendríamos que darles opción de no cursar Biología, o Historia; porque, ¿no dañaría igual a la conciencia católica aceptar la teoría del Big-bang o la teoría darwinista del origen de las especies que asumir que puedan existir los matrimonios homosexuales? Por mucho que les cueste aceptarlo, la educación no puede quedarse en una mera interpretación de los textos bíblicos, porque eso contradice la idea de progreso y de cultura general. Si eso es lo que pretenden para sus hijos, lo único que les están proporcionando es ignorancia. Nadie puede elegir sus creencias si no conoce más que la religión.

Lo segundo que deberían tener en cuenta los obispos y la gente que considera amenazada la fe religiosa de sus hijos, es que ellos no son quiénes para acusar al Estado de adoctrinamiento, cuando la Historia nos ha demostrado la tremenda dictadura ideológica que ha ejercido la Iglesia durante siglos. Cabe preguntarse si no existirá aquí un cierto grado de rencor o de frustración al percatarse de que ya no son el centro neurálgico de la sociedad actual, y más al comprobar el intenso fervor con que tratan de influir en la opinión popular, sin dejar a la gente que decida por sí misma, entrando en un terreno que le es ajeno. Se ha llegado incluso a comparar Educación para la ciudadanía con una asignatura impartida durante el franquismo, Formación del espíritu nacional. No profundizaré en el carácter absurdo de este argumento, por resultar demasiado evidente; pero sí me gustaría señalar la ironía que supone el hecho de que, durante aquellos años de dictadura, la Iglesia no se quejó en ningún momento de dicha asignatura, a pesar de que, en este caso, sí se trataba de un claro adoctrinamiento.

Ante las posibilidades que abre la nueva materia, de formar ciudadanos que conozcan más su propio sistema democrático y que reconozcan la pluralidad de su sociedad, cuestiones como los principios del catolicismo deberían quedar relegadas a un segundo plano, al ámbito privado, tal como les corresponde. Aunque muchos se resistan a aceptarlo, nuestra sociedad viaja hacia el futuro; y no en sentido contrario, hacia la Edad Media. Y Educación para la ciudadanía no va en contra de la Constitución y sí a favor del progreso.
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martes, 26 de agosto de 2008

Incongruencias del siglo XXI


El nuevo milenio ha traído consigo una masiva revolución tecnológica y científica, además de una creciente deshumanización e informatización. Los libros han quedado eclipsados por el resplandor veleidoso de Internet, el romanticismo de las cartas se ha visto sustituido por la inmediatez del correo electrónico, la televisión ha pasado a ocupar un lugar central en el seno familiar. ¿Nostalgia? No siempre. Han sido descubiertos numerosos remedios contra enfermedades antiguamente mortales, avances científicos en clonación de células, establecimiento de leyes sociales más justas –aunque por desgracia los países tercermundistas no han avanzado en este sentido-.

En definitiva, un nuevo siglo que ha puesto patas arriba la clásica concepción del mundo que aún se conservaba en el cercano y a la vez distante s. XX. Por eso hoy nos asombra e indigna comprobar que existan leyes tan caducas como la que rige en la Catedral de Barcelona; donde se niega la entrada simplemente por llevar pantalones cortos. Esta catedral es solo un ejemplo, porque en numerosas iglesias no solo de España, sino de todo el mundo; los turistas podrán tener esta impresión de permanecer aún en la Edad Media.

La Iglesia católica ha ejercido a lo largo de la Historia una excesiva influencia, una influencia que ha tratado de paralizar el mundo esgrimiendo la mentira como arma y sembrando la ignorancia y la muerte entre los habitantes de nuestro planeta. Ha predicado el sometimiento, el sufrimiento, la represión; y ha impedido que los descubrimientos científicos pudieran salir a la luz en su momento. Al echar la vista atrás nos percatamos de la terrible verdad: la influencia de la Iglesia ha movido el mundo durante muchos siglos.

Pero resulta más aterrador comprobar que hoy en día, en plena era de la información, inmersos en lo que se ha denominado aldea global; la influencia de la Iglesia pueda seguir resultando tan avasalladora y terrible. Ocultas bajo su disfraz contemporáneo, las mismas voces de siempre mueven los hilos en la sombra. ¿Quién es el Papa para intervenir en leyes sociales como el matrimonio homosexual o en avances de la genética? ¿Cuál es su verdadero rol en nuestra sociedad? La reflexión resulta estremecedora, y más aún para los que no nos consideramos católicos.

El patrimonio artístico no debería pertenecer a la Iglesia, sino al pueblo en su conjunto; y no ser regido por caducas leyes católicas. La Iglesia habría de limitarse a un ámbito privado, sin tratar de paralizar –como ha venido haciendo hasta ahora- la evolución de un mundo que comienza a alcanzar un ritmo frenético. Por desgracia, el Estado sigue proporcionando ingresos a la Iglesia, y existen demasiados intereses en juego. Quizá si nuestras voces se alzaran todos llegaríamos a comprender que para conocer el fundamentalismo no hace falta irse a los países islámicos, porque nuestra vieja Europa no ha logrado libertarse aún del yugo de la religión.